
- Pobreza y lo que esta conlleva: alimentación deficiente sobre la base de una dieta monótona; grandes posibilidades de infección por hacinamiento, malos hábitos higiénicos y mala higiene ambiental; deficiencia en el acceso a servicios de salud, etc.
- Ocupación de mujeres en actividades con mucho gasto energético por trabajo físico arduo.
- Bajo nivel educativo de la mujer que repercute sobre la eficiencia de su papel en la familia y en el proceso de la maternidad.
- Sentimientos negativos sobre el embarazo por mala experiencia paterno/materna en la propia niñez de la mujer, por sistemas de apoyo social defectuosos o inexistentes, por inestabilidad familiar, e, incluso por el desprecio relativo de la mujer joven en relación con el varón joven.
- Desnutrición en otros miembros de la familia.
- Pertenencia a un grupo social caracterizado por elevada mortalidad materno infantil y por mortalidad de niños menores de cinco años causada por desnutrición y causas relacionadas (diarrea, enfermedades prevenibles por inmunización, infecciones respiratorias).
- Residencia en comunidades en crisis o desastre (con desempleo y deterioro económico grave, desastres naturales, guerra, migración, etc.).
8.Inadecuadas prácticas de alimentación al pecho materno, desde la falta de contacto temprano madre recién nacido. Aun cuando este factor es de mayor riesgo para el niño, la salud perinatal y reproductiva desde el punto de vista materno se beneficia de la lactancia si esta ocurre dentro de un ambiente favorable.
El análisis crítico de varios de estos factores de riesgo, sin embargo, devela incógnitas y sugiere intervenciones específicas que pueden influir favorablemente sobre varios factores de riesgo. Se analizan más adelante tres posibles nuevos enfoques. Se consideran sobre todo sus consecuencias prácticas potenciales, y la definición precisa de estudios que se pueden realizar a corto plazo y rendir resultados de aplicación inmediata. Los tres enfoques que se tratan son complementarios y presentan áreas superpuestas. Estos son:
- Relación entre el valor social de la mujer y su salud reproductiva.
- Concepto de nutrición preventiva que da importancia a la pubertad y que se aplica a la función reproductiva.
- Relación entre salud pre y perinatal, balance energético y actividad física.
Así como se han escogido estos tres temas específicos que pueden dar lugar a nuevos enfoques en relación con la salud materna, podrían escogerse temas específicos en relación con la salud del niño. Cabe destacar que con frecuencia la salud femenina en su función reproductiva se ha enfocado de manera utilitaria e injusta para la mujer. En general, se ha prestado muy poca atención a las necesidades de buena nutrición de la mujer, en sí misma, antes, durante y después de su vida reproductiva. Aquí se tratan estos aspectos de la nutrición de la mujer como tal.
Valor social y salud reproductiva
La mujer, sobre todo en culturas tradicionales, es el elemento primordial de las acciones de promoción y protección de la salud familiar. A pesar de esto, se subestima a la mujer en su papel social, como se manifiesta en el dominio masculino de la sociedad y la familia que llega al extremo del machismo. Su falta de preparación para desempeñar su función social se traduce en fallas, así lo demuestran con claridad estudios de correlación entre mortalidad infantil y nivel de educación materna como variable independiente del nivel socioeconómico y de otras variables. Los mecanismos por los que se establece esta relación son complejos y tienen profundas repercusiones prácticas Su mejor conocimiento puede dar origen a intervenciones prioritarias dirigidas a aumentar el valor social de la mujer. Esto, a su vez, deberá facilitar y promover el nivel educativo y su preparación para asumir mayores responsabilidades en la economía hogareña, la salud y la nutrición de todo el núcleo familiar. El bajo valor social de la mujer induce, en casos de escasez relativa de alimentos, a la discriminación en contra de la niña pequeña en favor del niño pequeño, y de la mujer adulta en favor del varón adulto. Esta conducta, a su vez, establece un patrón de consumo alimentario familiar que se manifiesta en una mayor frecuencia de desnutrición en niñas, y por repercusiones funcionales negativas, entre ellas, defectos en el crecimiento físico, en el desarrollo cognoscitivo y afectivo y en las futuras funciones reproductivas. Otra consecuencia del menosprecio social es que se subestima la necesidad de educación formal para la niña, ya que se le utiliza predominantemente para satisfacer las necesidades del hogar y para ser un apoyo de la madre en el cuidado de hermanos menores. Esta reducción unilateral de su función social y la limitación de la educación la hace presa de la tradición cultural transmitida a través de la madre y, con frecuencia, de la abuela, dando lugar a la perpetuación de una actitud social de aceptación de la minusvalía femenina.
Dentro del mismo esquema, el valor de la contribución económica de la mujer durante la pubertad y la adolescencia se considera inferior al del hombre. Una solución frecuente de este problema es el de darla en matrimonio en edades muy jóvenes y, en esa forma, atraer a un varón productivo al seno de la familia de la niña, o enviar a esta al seno de la familia del esposo. Esta unión temprana influye también en embarazos tempranos (antes de los 17 años), los cuales son un riesgo para la futura madre y para su niño.
En la mujer, una parte importante de la limitación de la ingesta de alimentos en época de escasez es un patrón de conducta que, con frecuencia, no aflora a la conciencia y que es muy difícil de vencer por medio de la educación nutricional. Esta condición psicológica favorece también el desarrollo de hábitos injustos en la alimentación, los cuales perduran e, incluso, pueden acentuarse durante el embarazo y la lactancia. Ante esta compleja situación, que define no solo patrones alimentarios sino actuaciones de conducta generales de la mujer subestimada, sería demasiado esperar que su comportamiento cambie solo por el embarazo y la lactancia, los que, fisiológicamente, no favorecen a la ingesta de mayores cantidades de alimentos. Existen datos que documentan los conceptos previos. En la mayoría de los países en subdesarrollo y en los cuales no se han realizado acciones dirigidas de manera específica a disminuir la desnutrición y la mortalidad infantil, la proporción de niñas que mueren con diagnóstico de desnutrición antes de los cinco años es mayor que la de los niños que mueren con el mismo diagnóstico en el mismo grupo de edad. Aún más, esta diferencia se debe, sobre todo, a la contribución del grupo de dos a cinco años, situación que refleja un deterioro progresivo de la nutrición de la niña en relación con el niño cuando ambos compiten y dependen de la disponibilidad de alimentos en la mesa familiar. En contraste, la mortalidad por deshidratación y diarrea aguda es similar para ambos sexos tanto en los niños menores de un año como en los comprendidos entre dos y cinco. Esto sugiere que, ante un proceso que demanda atención inmediata por riesgo de muerte, ambos sexos la reciben por igual; pero tal no es el caso para la distribución intrafamiliar de alimentos que es un proceso continuo, muy determinado por patrones culturales y poco dramático en términos de gravedad aguda. En los mismos grupos de países, el analfabetismo es mayor en el sexo femenino que en el masculino, dada la menor importancia de la educación del primero. Estudios etnográficos de sociedades en donde el menosprecio social de la mujer es más evidente muestran que predominan compromisos entre familias para concertar uniones de niñas púberes con jóvenes adolescentes.
