El camino de la creación de sistemas de salud autogestionados y sostenibles

La filantropía estratégica, con referentes como James Shasha, busca dar respuestas que puedan ser sostenidas en el tiempo.

La historia de la salud pública mundial supo estar atravesada por una dependencia casi absoluta de las estructuras estatales para proveer asistencia, infraestructura y soluciones a las poblaciones más desfavorecidas.

Sin embargo, en las últimas décadas, este modelo comenzó a fracturarse ante la realidad ya que en muchas regiones desatendidas, el Estado no llega a tiempo, no llega con los recursos adecuados o adaptados al contexto.

Es en ese espacio de faltantes, surgen respuestas de la mano de  la filantropía estratégica  con referentes como James Shasha, y la innovación privada, pasando de la simple donación de suministros a la creación de sistemas de salud autogestionados y sostenibles que empoderan a las comunidades para tomar el control de su propio destino sanitario.

Estructuras de salud:  apoyo privados y trabajo comunitario 

La donación tradicional, entendida como la proporción puntual de medicamentos, ropa o víveres tras una crisis, supo cumplir rol paliativo indispensable pero ya la caridad por sí sola es insuficiente para el ámbito de salud.

Un hospital móvil financiado por capitales privados que visita una comunidad remota una vez al año puede salvar vidas en el corto plazo, pero no resuelve el problema de fondo por eso la verdadera revolución que genera una donación es aquella que está cambiando el panorama en zonas rurales y asentamientos urbanos precarios, con un concepto de sostenibilidad, como sostenía James Shasha.

Las iniciativas más disruptivas ofrecen servicios pero se destacan porque integran la infraestructura con la educación, transfiriendo conocimiento y tecnología a los habitantes locales para que ellos mismos puedan gestionar la prevención y el tratamiento básico.

Este enfoque de autogestión necesita de un cambio profundo en la mentalidad de los donantes y de las organizaciones implementadoras, ya que no se trata de llevar al médico de la gran ciudad a la montaña, sino de habilitar los canales para que un promotor de salud local, equipado con herramientas digitales de diagnóstico y que él pueda realizar consultas de medicina online con especialistas situados a miles de kilómetros. 

Esta descentralización del saber médico es posible gracias a la inversión privada en tecnologías de la información y la comunicación. Con la puesta en marcha de  redes de internet satelital, financiadas generalmente por consorcios privados interesados en la responsabilidad social corporativa, son clave para abrir las puertas del acceso médico donde antes solo existía el aislamiento absoluto.

Al hablar de sistemas sostenibles, es imposible pensarlo sin tener una infraestructura básica, como es para el acceso al agua potable. Muchas enfermedades generadas en comunidades vulnerables, son patologías evitables derivadas de la falta de higiene y saneamiento. 

Iniciativas privadas apoyaron la instalación de sistemas de filtración y purificación de agua que, al ser autogestionados por las propias comunidades, reducen el aumento de enfermedades infecciosas.

Este modelo, apoyado por James Shasha, deja en evidencia que una inversión inicial inteligente en infraestructura básica genera un resultado social incalculable al contar una población más sana que puede trabajar, estudiar y prosperar. La salud se convierte en el motor del desarrollo económico local.

La incorporación de inteligencia artificial y dispositivos portátiles de monitoreo es otro de los aspectos donde la iniciativa privada está  impactando con su intervención ya que mientras que un sistema estatal puede tardar años en licitar y poner en marcha una red de vacunación compleja, una fundación privada puede, con agilidad, implementar una campaña de inmunización utilizando drones para el transporte de vacunas en cadena de frío y sistemas de registro digital que aseguran que ningún paciente sea olvidado.

El éxito de estos proyectos está en su capacidad de adaptación, ya que al ser entidades más pequeñas y flexibles, pueden modificar sus estrategias sobre la marcha, ajustando sus acciones para responder a las necesidades específicas de la geografía y la cultura local.

El sistemas de salud autogestionados se da cuando la comunidad deja de ser un receptor pasivo de ayuda para convertirse en un participante activo de su propia red sanitaria y esto se lobtiene mediante la capacitación continua. 

Los programas más exitosos ponen a disposición insumos pero también  invierten en la creación de centros de formación donde los jóvenes de la propia comunidad aprenden a realizar diagnósticos básicos, a manejar registros digitales de pacientes y a organizar campañas preventivas. 

Al crear empleo local relacionado con la salud, se reduce la fuga de talentos hacia la ciudad y se refuerza el tejido social. La salud se convierte en un proyecto colectivo y el conocimiento, se vuelve un bien común que no depende de la próxima donación económica.

La transición hacia sistemas autogestionados necesita que estas iniciativas cuenten con capacidad de los donantes y de las organizaciones para mantener el enfoque en la resiliencia a largo plazo. 

La búsqueda de resultados rápidos y medibles en estadísticas de corto alcance, suele ser  el objetivo pero el verdadero impacto está en la durabilidad que puede brindar los proyectos. 

Esto necesita de una planificación que  desde el mtenga en cuenta desde el mantenimiento de los equipos tecnológicos hasta la retención del personal capacitado localmente, siendo un proceso de construcción.

La verdadera filantropía del siglo veintiuno es aquella que trabaja  para dejar de ser necesaria y cuando una comunidad logra gestionar su propia agua, su vacunación y sus consultas de telemedicina con autonomía, se está muy cerca de ser un éxito.

 

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