
Las veloces transformaciones políticas y sociales que se produjeron en los últimos decenios han contribuido al establecimiento de una nueva concepción de la salud. Tal concepción considera que la salud no es patrimonio exclusivo de las acciones que el sector puede fomentar en su favor sino la resultante de un producto intersectorial que tiende, como un todo, a generar un proceso de desarrollo integral. De acuerdo con este concepto los indicadores básicos de salud ya no expresan solo la relación que mantienen el numerador y el denominador de una tasa, sino que se han transformado en poderosos representantes del contexto socioeconómico en que juegan, adquiriendo muchas veces un fuerte contenido político. Sin duda alguna la mor-talidad infantil refleja una situación subyacente, expresión de la calidad de la vida que además de conceptos como el citado resume hechos concretos y cuantificables tales como vivienda, educación, alimentación, etc., que caracterizan un momento histórico y social determinado.
En los países en desarrollo las defunciones por enfermedades evitables representan un porcentaje muy abultado del total de muertes. El avance de tecnologías para el tratamiento exitoso de muchas enfermedades ha sido un hecho notable en los países desarrollados, los que rápidamente vieron descender sus tasas de mortalidad infantil. Basta recordar que en solo 20 años fue posible hacer el diagnóstico oportuno, instituir el tratamiento adecuado y aun establecer las medidas preventivas para evitar la enfermedad producida por la incompatibilidad sanguínea materno fetal, que ocasionaba una alta mortalidad perinatal o dejaba secuelas irreversibles. Se pudo pensar así que la simple introducción de esas tecnologías en los países menos desarrollados sería un elemento suficiente para reducir de manera drástica las tasas de mortalidad, sin tener en cuenta las condiciones de atraso socioeconómico que prevalecen en ellos. Esta visión optimista expresada por Stolnitz en el decenio de 1960 sostenía que las tendencias en la mortalidad son marcadamente neutrales con respecto a los hechos económicos.
La miseria económica no es ya una barrera efectiva para un vasto surgimiento de oportunidades de sobrevivir en las zonas subdesarrolladas. Sin embargo, al contrastar los logros con las metas propuestas por los países de América Latina se observó que los resultados fueron bastante magros. Solo se había conseguido alcanzar un tercio de la meta que postulaba reducir la mortalidad infantil en un 50%. Si se expresa esa reducción por regiones, la misma llegaba a un 18% en América Central y a un 24% en América del Sur. A partir del decenio de 1970 se produjeron acelerados progresos que se manifestaron sobre todo en el período 19711975, cuando se registró un descenso de la mortalidad infantil en casi todos los países que varió entre el 2 y el 86%. En ese período cuatro países alcanzaron la meta que se habían impuesto para el decenio, y 10 redujeron su mortalidad infantil en un 30%. Hacia fines del decenio los descensos fueron más notables y superaron ampliamente los logros del decenio anterior. Sin embargo, llama la atención que los mismos se hayan registrado en un período de recesión económica, como lo señala un informe del Banco Interamericano de Desarrollo. El desempleo creciente y la tendencia regresiva en la distribución del ingreso son dos factores que hacen pensar en la posibilidad de un aumento de las tasas de mortalidad, si se mantiene la relación entre los factores económicos y las variables del sector salud.
De acuerdo con el estado actual de los conocimientos es difícil aceptar que las acciones de salud puedan por sí determinar los niveles de mortalidad del niño. Se debe realizar un análisis crítico de los datos tratando de establecer, además de su validez, aquellos nuevos factores que puedan haber incidido en la prestación de los servicios de salud. Una revisión de las políticas de salud puestas en práctica por algunos países de la Región a comienzos del decenio de 1970 muestra una mejor planificación y una intensificación de las actividades preventivas en todos los niveles del equipo de salud. Además, pone de manifiesto la participación cada vez más activa de las comunidades en funciones que hacen a su salud, así como el creciente interés en fomentar y aplicar tecnologías apropiadas para atacar y resolver algunos de los problemas de mayor incidencia en la mortalidad infantil. Paulatinamente estas ideas se estructuraron en un cuerpo de doctrina para el cual se instrumentó la estrategia de atención primaria, corroborada por los países de las Américas en 1972 en la Tercera Reunión de Ministros de Salud de la Región, y a nivel mundial en 1978 en la reunión de Alma Ata.
Si bien la estrategia de atención primaria se basa en una concepción totalizadora en cuanto a los distintos niveles de atención que requiere el individuo, existe consenso en que a nivel de la comunidad debe atender los problemas básicos que la misma demanda. En general estos se relacionan con la mujer, en especial durante su período reproductivo; el niño en todas las etapas de su crecimiento; la nutrición de estos grupos; las inmunizaciones contra las enfermedades infecciosas; la eliminación de excretas y el suministro de agua potable; la educación sobre los principales problemas de salud y el tratamiento apropiado y precoz de las enfermedades comunes. Todas estas actividades tienen indudables efectos sobre la mortalidad infantil. El análisis de las acciones que se llevan a cabo para el control delas principales causas de muerte en los primeros años de vida vacunaciones, control de las diarreas y de las enfermedades respiratorias implica la consideración de los efectos que produce en la mortalidad infantil la prestación de servicios bajo esta estrategia de atención primaria. Desde este punto de vista las experiencias regionales y nacionales del decenio de 1970 aportan elementos de juicio válidos para evaluar la nueva metodología de trabajo. Por su parte, los datos disponibles en la actualidad permiten llevar a cabo este intento.
