Conducta paterna y desarrollo infantil

Existe consenso en admitir que la conducta de los padres influye de manera determinante en el desarrollo psicosocial del niño. Con todo, la multitud de variables interactuantes impide discernir específicamente qué aspectos de la conducta de los padres intervienen de manera definida en el desarrollo infantil, en qué momentos la influencia es más aparente y durante cuánto tiempo se dejan sentir los efectos. Muchas de las hipótesis se basan en experimentos realizados en animales, en observaciones hechas en instituciones que reciben niños y en situaciones de laboratorio. Casi siempre se estudiaron pares de variables y solo en contadas ocasiones se realizaron estudios de conjunto cn los que sc analizaron la influencia de factores múltiples de la conducta dc los padres en varios aspectos del desarrollo infantil. En estos casos se acudió a variadas técnicas estadísticas como análisis de covarianza, regresión múltiple, análisis factorial, que han ayudado a demostrar lo complejo de las relaciones.

En una exhaustiva revisión del tema hecha por Clarke Stewart se analizan los aspectos más salientes de la conducta paterna estudiados en relación con el comportamiento infantil. Por ejemplo, se ha establecido que el rechazo o la hostilidad de los padres influye negativamente en el desarrollo del comportamiento social del niño en tanto que la actitud afectuosa promueve un desarrollo infantil positivo. Sin embargo, tal como el autor postula, la actitud de los padres por sí misma no constituye un elemento de predicción del desempeño infantil futuro. Si bien el tiempo que la madre está presente en el hogar puede ser de importancia en el desarrollo, más que la cantidad de tiempo presente parecería que lo que realmente influye es la frecuencia con que ella interacciona con el niño. El estímulo sensorial, psicológico y social que la madre provee al niño en los primeros meses de vida favorece entre otras cosas el despliegue de habilidades cognitivas y el desarrollo del lenguaje. No existen pruebas evidentes de una relación causal y los resultados de los diferentes estudios deben considerarse provisionales. Esta cautela ha de ejercitarse también al considerar los efectos a largo plazo.

En las familias de bajo nivel sociocultural, la frecuencia y calidad de las interacciones entre la madre y el recién nacido son mucho menores que en familias en situación más privilegiada. Los niños de las clases menos favorecidas reciben un caudal de estímulos mucho menor y por lo tanto puede esperarse que su capacidad para desarrollar habilidades sociales y psicológicas se encuentre comprometida. Cuando el niño, ya sea de familia acomodada o de clase humilde, es prematuro, de bajo peso, o padece trastornos neurológicos, retardo mental o afecciones congénitas, su capacidad para favorecer la interacción con los padres es reducida y en consecuencia los estímulos que recibe son cada vez menores.

Con base en estos conceptos se han establecido en diversas partes del mundo, entre ellos América Latina, programas de estimulación temprana, algunos de ellos dirigidos a niños de alto riesgo biológico (prematuros, niños con parálisis cerebral) y a otros niños de alto riesgo social (niños de barrios marginales, huérfanos, niños en instituciones). No se ha hecho, al menos en América Latina, una evaluación cabal de esos programas, específicamente en relación con sus efectos a largo plazo. Para que esas acciones tengan impacto duradero, según algunas opiniones los programas no deben limitarse a los primeros meses de vida, sino que deben prolongarse por lo menos hasta el final de la edad prescolar. pero hay quienes señalan que aun en cl caso de niños sujetos a intervenciones restringidas a solo un período de su vida los efectos pueden permanecer latentes y manifestarse luego en mejores desempeños en la vida escolar.

Peso al nacer y determinantes psicosociales

En las etapas iniciales de la vida, es decir durante el embarazo, los influjos del medio social en que viven los padres y las consecuencias de algunos aspectos de su comportamiento pueden pesar en forma concluyente sobre las características del desarrollo del nuevo ser. Entre los indicadores de esas influencias se encuentran la prematuridad y el bajo peso al nacer. Los niños prematuros y los nacidos en término, pero con un peso inferior a 2 500 g corren mayor riesgo de morir o sufrir enfermedades que los niños de peso normal. Los niños de peso inferior a 1 500 g tienen un riesgo elevado de presentar trastornos en su desarrollo. De la misma manera los niños prematuros tienen mayores posibilidades de presentar problemas en su desarrollo. La probabilidad de presentar trastornos neurológicos o en el desarrollo psicomotor se acentúa en forma exponencial en razón inversa a la edad o bajo peso del feto. Entre las conductas maternas asociadas con un bajo peso al nacer se encuentra el hábito de fumar cigarrillos y el consumo de bebidas alcohólicas. Esto último puede producir además un variado número de malformaciones congénitas. Un gran número de niños prematuros o con bajo peso al nacer son hijos de madres adolescentes. El riesgo elevado de las madres muy jóvenes se ha relacionado por una parte con su inmadurez biológica y por otra con las condiciones negativas (desnutrición, falta de atención médica, trabajo extenuante) en que se encuentra la mayoría de ellas, debido a las deplorables condiciones socioeconómicas en que les toca vivir. Esas condiciones adversas, a menudo coincidentes en una misma familia, representan fuerzas interactuantes que requieren estudios más profundos con el fin de proponer medidas correctivas eficaces.

 

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