
Salud y enfermedad no son conceptos opuestos, pues existen individuos portadores de una enfermedad orgánica, anatómica o funcional que, por lo tanto, y de acuerdo con lo establecido, podrían llamarse enfermos, que trabajan activamente sin sentirse como tales. Por esto los conceptos de salud y enfermedad no pueden reducirse a una fórmula tan sencilla; sólo representan juicios de valor. Dentro de ambos conceptos existe una cierta gradación. La salud perfecta es una concepción utópica; el hombre debe pretender gozar un alto grado de salud capaz de permitirle desarrollar la actividad cotidiana, mirar la vida con alegría y el mañana con optimismo. La salud no es sólo un atributo físico; se requiere poseer una alta salud mental capaz de impulsar al hombre por las rutas del espíritu, en la búsqueda del ideal y de la perfección interior.
Piénsese en un individuo portador de una diabetes. Si diariamente se aplica la dosis adecuada de insulina y cumple las reglas dietéticas impuestas por su médico, puede llegar a vivir muchos años, cumplir sus actividades normalmente y tener una existencia plena de satisfacciones espirituales, sin sentirse en ningún momento un incapacitado, y menos todavía enfermo. Considérese, en cambio, el caso de otro individuo que solamente padece trastornos subjetivos sin base orgánica, pequeñas molestias de cualquier naturaleza que lo obligan a hacer una vida retraída, a abandonar sus actividades, a sentirse enfermo. Aunque su organismo funcione normalmente, reacciona como si padeciera una enfermedad orgánica.
Esto indica que los conceptos de salud y enfermedad no son estrictos y puros, sino que representan la valoración individual de inútiles clementos. La salud individual está subordinad a factores biol6gicos, psicológicos y sociológicos. Los factores biológicos dependen de una alteración anatómica o funcional del organismo. El dactilógrafo se sentirá enfermo si un dolor le impide mover las teclas de la máquina de escribir; el actor, si un mareo no le permite desplazarse por el escenario. Según la actividad física, o individuo valorará el factor orgánico de la enfermedad, en la medida en que le prive de desempeñar las actividades que ha de cumplir como hombre sano.
El aspecto psicológico es la valoración subjetiva del estado de salud. La angustia de la muerte, el miedo a la soledad, la predisposición a la neurosis, la hipervuloración de pequeñeces, el temor al ridículo, el miedo a sufrir, son factores que, según el individuo de que se trate, modifican el sentido de la enfermedad. El ambiente económico y social del mundo actual hace que los factores sociológicos creen ciertas condiciones capaces de incidir en el hombre sano y transformarlo en un enfermo. La angustia económica, los problemas de la vivienda determinan que, no obstante gozar de buena salud y de espíritu de lucha, algunas comunidades puedan sentirse enfermas. Es difícil que el individuo conserve su salud si vive en comunidades paupérri más económica y socialmente.
Todo lo antedicho indica que la salud no sólo depende de la ausencia de trastornos orgánicos, sino de sus características mentales y del medio social en que actúa. Cada individuo hará una valoración particular de ese concepto, con arreglo a su modo de vida. La salud es un preciado don que debe ser cuidado permanentemente. El individuo que haciendo gala de su buena salud se somete a excesos físicos o intelectuales, o que olvidando las normas dietéticas elementales excede las cantidades de alimentos y bebidas que le están permitidos según sus actividades, demuestra una profunda ignorancia. El hombre inteligente regla su vida; dedica cierto número de horas al trabajo, al reposo, a la vida deportiva, a gozar de la naturaleza y a las distracciones, y evita los excesos dietéticos, así como la ingestión de bebidas alcohólicas. Es tan insalubre limitarse únicamente a trabajar, comer y dormir, como dedicarse exclusivamente a la actividad física o a la deportiva. Sólo se puede vivir la vida en plenitud cuando cl individuo piensa en su cuerpo y en su mente.
En los tiempos actuales, la obligación de cubre las necesidades económicas de la familia llevan al individuo a un exceso de actividad: cato ocasiona fallas en la alimentación, pues muchas veces no ingiere entro trabajo y trabajo más que algunos pocos alimentos de escaso valor calórico. Cuando retorna a su hogar, después de una larga jomada. Con gran cansancio físico y psíquico, es como un extraño para sus hijos, a quienes a veces sólo llega a ver cuándo duermen. Si la existencia so limita a trabajar, olvidando el descanso y las necesidades espirituales, la salud se resiente, pues la vida requiere una justa proporción de las actividades del individuo, que, además de velar por su salud física, debe hacerlo asimismo por su salud mental y por la de sus familiares.
Los progenitores son responsables no sólo de la salud física de los hijos, sino también de su formación espiritual. La vida de hogar, el compartir los problemas de los niños, el acercarse a sus minucias es el mejor medio de evitarles la creación de complejos y alteraciones de su conducta que redundarán en una pésima salud mental. Aun creyendo poseer una salud óptima, conviene someterse periódicamente a una revisación médica. El examen periódico anual permite, con muchas posibilidades, evidenciar un considerable número de enfermedades que comienzan solapadamente. Es fundamental tener la conciencia de que la medicina preventiva constituye un maravilloso recurso de la ciencia médica actual para evitar o tratar precozmente las diversas enfermedades. La salud es un estado de armonía orgánica que el hombre tiene la obligación de conservar, lo cual, como se expuso antes, depende en buena medida del tipo de vida que adopte. El fundamento de la medicina y de la terapéutica es preservarla.
