
Se debe reconocer que si bien desde hace unos cuatro decenios se asiste a transformaciones sociales y económicas que han determinado profundos cambios en la naturaleza del medio social, la brecha que existe entre bienestar y pobreza se ha ido ensanchando a pesar de todas las buenas intenciones puestas en juego. Esto se atribuye fundamentalmente a una mala distribución de la riqueza y a una falta de definición política de carácter operacional que otorgue prioridades a los grupos más vulnerables en aquellas áreas que influyen en el bienestar del individuo: salud, educación y vivienda, entre otras. Existen crecientes sectores de la población, sobre todo en los países en desarrollo, que están cada vez más sometidos al ciclo de pobreza y enfermedad que repercute en todos los aspectos de la vida y afecta con máxima gravedad a las madres y a los niños. Tanto en las zonas urbanas como en las rurales la falta de regulación de la fecundidad, las complicaciones del embarazo y del parto, la malnutrición, así como las enfermedades transmisibles y de la primera infancia causan gran número de defunciones y dejan una cantidad de inválidos con limitada capacidad de producción.
Los servicios de salud de la mayoría de los países son insuficientes cuantitativa y cualitativamente en relación con las necesidades de la población. Además, se ha reconocido en forma unánime que en materia de asistencia de salud hasta ahora se han adoptado estrategias y tecnologías que en gran parte se basan en modelos establecidos por los países industrializados sin que se adapten a las necesidades, recursos socioculturales y características ecológicas propias de los países en desarrollo ni al estilo de vida de sus habitantes. Tanto los organismos internacionales como los países han señalado el fracaso de las teorías económicas aplicadas a partir del final de la Segunda Guerra Mundial: el desarrollo económico al que se llegó con altas tasas de ingreso no fue seguido de un bienestar resultante de una mejor distribución de la riqueza acumulada. De tal manera que, ante la proximidad del siglo XXI, es necesario un replanteo de las posibilidades de acceso al bienestar por parte de toda la población, especialmente aquella que se encuentra marginada.
Salud para todos y atención primaria
La decisión de los gobiernos del mundo y de la Región de las Américas de alcanzar para todos los ciudadanos del mundo en el año 2000un grado de salud que les permita llevar una vida social y económicamente activa es clara e inequívoca, y ha sido expresada en múltiples reuniones y asambleas. La declaración de Alma Ata estableció que para lograr esta meta la clave es la atención primaria como parte del desarrollo general, conforme con el espíritu de justicia social. Sin embargo, la complejidad de esta empresa obliga a un análisis cuidadoso del significado y de las implicaciones de la meta mundial de salud para todos en el año 2000, por cuanto se deben definir y orientar los esfuerzos nacionales e internacionales necesarios para traducirlos en acciones eficientes y eficaces dirigidas hacia aquel propósito.
No escapa al análisis que la característica principal de esta meta es su dimensión totalizadora, al considerar a la salud como uno de los componentes del nivel de bienestar de cada comunidad. La salud para todos en el año 2000 se concibe como un componente necesario para una vida social y económicamente productiva. En este enfoque la meta trasciende los límites de una concepción de la salud como fenómeno enfermedad no enfermedad para transformarse en la resultante social de cada comunidad nacional que, a su vez, se expresa concretamente en un determinado estilo de vida.
La atención primaria, estrategia principal de esta meta, propone ofrecer a la población el recurso de la atención de su salud en el nivel que sea necesario, utilizando para tal fin aquellos mecanismos de que disponen los organismos institucionales y la comunidad organizada, así como la tecnología adecuada. Entre los componentes prioritarios de la atención primaria la extensión de cobertura es básica para alcanzar la meta propuesta, con el fin de permitir el acceso de los grupos humanos postergados a los servicios de salud. Esto presupone asegurar la accesibilidad, oportunidad, eficacia y aceptación de los servicios, características que definen por sí mismas a la extensión de cobertura. El otro componente de la atención primaria es la organización de la comunidad a través de su participación capacitarte, no solo para la salud sino para el bienestar. Esto requiere la movilización y utilización de los recursos de la comunidad tanto para la extensión de cobertura de los servicios de salud y el mejoramiento del ambiente como para el desarrollo comunitario integral. El logro de esta meta reclama transformaciones sociales y económicas de gran expectativa y hondo significado, así como una revisión de los conceptos en que se basan la orientación y organización de los sistemas nacionales de salud. Esto obliga a cada gobierno a una ponderación cuidadosa de los medios y de la secuencia de acciones necesarios para lograr dichas transformaciones en un tiempo histórico relativamente corto. La meta de salud para todos debe considerarse no solo como un objetivo que se desea alcanzar, sino como el factor dinámico esencial para los procesos de cambio. Su principal potencial radica en las posibilidades inmediatas para orientar y probar la definición de políticas, facilitar el diseño de estrategias adecuadas, formular acciones y guías y propiciar la creación y movilización de los recursos necesarios para establecerlas. Dentro de este contexto, las acciones en favor de la madre y del niño que se realizan, así como aquellas que deben ejecutarse en el lapso que resta hasta el año 2000 cobran especial relevancia por ser este, además del grupo prioritario por antonomasia, el más numeroso y vulnerable, que a corto plazo debe integrarse activamente y en las mejores condiciones de salud posibles al desarrollo económico y social.
