
El siglo XVIII, centuria de los enciclopedistas franceses y de los grandes clasificadores en las ciencias naturales, se inicia también en la medicina como época de creadores de sistemas; éstos, en gran parte, no pudieron escapar del defecto de la unilateralidad y están actualmente tan muertos como sus obras. Sobrevive sin embargo para siempre el recuerdo de uno de tales sistematizadores: Herman Boerhaave (1668-1738), profesor en Leiden e inigualado en su época por sus maravillosas dotes de chmio Sus lecciones, dada junto a los lechos de los enfermos, hicieron de él el verdadero iniciador de la enseñanza clínica. A pesar de disponer solamente de doce camas de hospital, afirma uno de sus biógrafos que «junto a estas camas se formaron los médicos de media Europa». Como antaño el maestro de Cos, reunió sus observaciones en sus Aforismos, que encontraron extraordinaria difusión. Su eminente discípulo, el suizo Albrecht Haller (1708-1777), a quien se debe la monumental síntesis de los conocimientos fisiológicos de la época, demostró que la irritabilidad es propiedad de las fibras musculares, y que, por otra parte, la sensibilidad es intrínseca a las fibras nerviosas. Resultados todavía más significativos compensaron los esfuerzos del gran experimentador Lazzaro Spallanzani (1729-1779). Realizó profundos estudios sobre la digestión, reproducción y regeneración, logrando entre otros éxitos la fecundación artificial de los anfibios y de los mamíferos. Al demostrar que en líquidos debidamente calentados no se desarrollan infusorios (gérmenes), Spallanzani sacudió la tradicional doctrina de la generación espontánea, preludiando un importante aspecto de la obra de Pasteur.
Su connacional Giambattista Morgagni (1682-1771), profesor en Padua durante sesenta años, echó los cimientos de una nueva disciplina médica, vinculando en sus investigaciones lo observado por el clínico con lo encontrado por el anatomista en la mesa de disección. Su monumental obra, publicada cuando su autor ya tenía ochenta años, es el punto de arranque de la moderna anatomía patológica. Ligando las causas y los síntomas de las dolencias con las alteraciones características de los órganos, ¿Morgagni había dado una nueva respuesta a la milenaria pregunta qué es la enfermedad?; era una respuesta completamente ajena a la antigua patología humoral. Su obra abrió el camino a Xavier Bichat (1771-1802), que situó el proceso morboso en los tejidos, y a Rudolf Virchow (1821-1902), que terminó por colocarlo en las células. Por otra parte, el inglés John Hunter (1728-1793) introdujo un nuevo espíritu en la cirugía, empezando a apoyarla en los resultados de la fisiología y de la patología. Examinó el mecanismo que permite que se reúnan los extremos de un tendón roto; investigó el proceso de consolidación de un hueso fracturado; estudió el desarrollo de la cicatrización de una herida, y en una palabra, hizo que la cirugía hasta entonces un arte meramente técnico de tratamiento empezara a convertirse en una disciplina científica.
Franz Anton Mesmer (1734-1815) creó el magnetismo animal o mesmerismo, e introdujo la terapia magnética, consistente en curar con las manos. Según su doctrina, el cuerpo posee un fluido magnético circulante del que emana una fuerza especial que anima la creación. Si bien las corporaciones médicas negaron la efectividad de esta terapéutica, Mesmer se convirtió en una de las figuras más populares de París, y, haciendo gala de curaciones extraordinarias, ganó sumas cuantiosas. La experiencia de Mesmer y de su escuela es un interesante capítulo de la historia de la medicina que muestra hasta dónde puede llegar la sugestión colectiva. Simultáneamente, Samuel Hahnemann (1755-1843) fundó la homeopatía, que será analizada más adelante. Se puede considerar que la psiquiatría nació en el siglo XVII. Philippe Pinel (1745-1826), impresionado por un amigo que sufría una enfermedad mental, se dedicó al estudio de aquélla y publicó en 1801 un libro donde afirmaba por primera vez que las enfermedades mentales eran motivadas por alteraciones orgánicas del cerebro.
Por entonces comenzaron a publicarse revistas y periódicos médicos, lo cual facilitó la rápida divulgación de los conocimientos científicos. El desarrollo y progreso de la ciencia médica provocó un cambio en el ejercicio de la medicina. El médico consolidó su posición científica y social; abandonó la alquimia y la astrología, separó de la filosofía y basó su saber en la observación de los enfermos. El médico práctico, origen del clínico actual, dejó de ejercer la cirugía y la obstetricia, y se convirtió en médico de familia. El pensamiento anatomopatológico y el conocimiento de la patología facilitaron la constitución de escuelas clínicas, entre las cuales sobresalió la escuela vienesa. Entre tanto, el austríaco Leopold van Auenbrugger (1722-1809), médico en Viena, enriqueció el diagnóstico con el descubrimiento de la percusión. Recordando que los taberneros golpeaban los toneles a fin de averiguar hasta dónde estaban llenos de líquido, empleó siete años para reunir un caudal satisfactorio de observaciones y elaborar una técnica adecuada que permitiera reconocer, al golpear la superficie de la caja torácica, las alteraciones patológicas del interior de la misma.
Controló los datos encontrados en la investigación clínica, no sólo en los exámenes post mortem, sino que acudió también a una serie de experimentos, inyectando líquidos en el tórax del cadáver, para demostrar las alteraciones del sonido en la zona inyectada. Sin embargo, su obra chocó con la indiferencia de sus contemporáneos, y acaso hubiera permanecido ignorada si el célebre médico de cabecera de Napoleón, Jean Nicolas Corvisat (1755-1821) no hubiera logrado asegurar al invento la difusión que merecía. Discípulo de Corvisat, Laënnec (1781-1826), introdujo un nuevo procedimiento para la exploración de los fenómenos acústicos en la caja torácica: la auscultación mediante el estetoscopio, sencillo instrumento que desde entonces no dejó de prestar innúmeros servicios para diagnosticar enfermedades cardíacas y pulmonares. Por una ironía del destino, Laënnec, el mayor clínico de la época, murió a edad temprana, víctima de la tuberculosis pulmonar, la misma enfermedad en cuyo estudio tanto se había destacado.
