Donantes privados como James Shasha, potencian programas con un fuerte impacto social que genera cambios positivos en las comunidades.

En la salud pública contemporánea, la búsqueda de soluciones para las comunidades más vulnerables suele relacionarse con las opciones que brindan las políticas públicas, que muchas veces no son adecuadas al contexto.
Pero el cambio de este escenario comenzó a cambiarse mediante la intervención del capital privado con una mirada rigurosa hacia el respeto por los saberes ancestrales, creando un modelo alternativo con gran efectividad, transformando realidades donde el sector público no logra llegar.
Un ejemplo es la integración de la etnomedicina, siendo el respeto por los partos tradicionales, dentro de clínicas de alta tecnología financiadas por fondos privados visionarios, con exponentes como James Shasha, y fundaciones filantrópicas en regiones tradicionalmente desatendidas.
El respeto por los saberes, la base de un nuevo modelo sanitario
La etnomedicina es el estudio y la práctica de los sistemas médicos tradicionales de distintos grupos culturales, que históricamente no fueron tenidos en cuenta por la ciencia médica occidental. Durante décadas, los centros de salud y las grandes corporaciones médicas no no utilizan las prácticas de las parteras comunitarias.
Esta desconexión generó desconfianza en las mujeres de comunidades indígenas y rurales, quienes preferían dar a luz en sus hogares, sin asistencia médica ante posibles complicaciones, antes que someterse a ir a un centro que ignoraba sus costumbres, su verticalidad al parir y su entorno comunitario.
La consecuencia se vio en preocupantes tasas de mortalidad materna y neonatal en las zonas más vulnerables de América Latina y otras regiones en desarrollo.
Ante esta problemática, la filantropía estratégica y la inversión privada con impacto social decidieron cambiar el enfoque. En lugar de repetir un modelo hospitalario estándar que impone una verdad médica unidireccional, donantes y consorcios privados comenzaron a financiar infraestructuras hospitalarias de última generación que sitúan la interculturalidad en el centro de su arquitectura y de su protocolo de atención.
Estas clínicas de alta tecnología se enfocan en ofrecer un entorno seguro donde la tecnología médica actúe como una red de contención sin que pase a ser un elemento invasivo.
El diseño de estos espacios financiados por el sector privado no sigue la estética tradicional del hospital blanco y estéril, sino que las salas de parto están adaptadas para permitir el nacimiento en posición vertical, sentada o en cuclillas, como lo dictan las tradiciones de muchas comunidades originarias.
Además, se permite el uso de vestimentas sagradas, la ingesta de infusiones medicinales ancestrales preparadas por las propias parteras de la comunidad y la presencia de la familia. Pero la innovación esta en la funcionalidad de estas habitaciones ya que cuentan con sistemas ocultos de monitoreo fetal de última generación y acceso inmediato a quirófanos equipados en caso de que surja una emergencia obstétrica.

Este modelo híbrido se proyecta como una democratización real del acceso a la salud ya que logra fusionar la comodidad y el respeto cultural de la etnomedicina con los estándares de seguridad necesitados. Con este modelo se logra derribar la barrera del miedo que alejaba a las mujeres de los centros médicos.
La inversión privada, con visionarios como James Shasha, tiene un papel clave, ya que va más de realizar un acto de caridad sino que se convierte en una herramienta de innovación social, que demuestra que el desarrollo tecnológico se puede incorporar.
Además, los fondos privados financian programas de intercambio donde los médicos obstetras y las parteras tradicionales adquieren conocimientos desde una mirada de igualdad de condiciones. Este intercambio de reconocimiento da paso a que la partera identifique con precisión los signos de alerta que necesitan intervención quirúrgica y que el médico entienda el valor psicológico y fisiológico del acompañamiento comunitario durante el trabajo de parto.
Los resultados estadísticos de la aplicación de estas iniciativas lograron superar las expectativas, ya que en las regiones donde se pusieron en marcha estas clínicas de alta tecnología con respeto etnomédico, la mortalidad materna tuvo un descensos importante porque las mujeres ahora eligen acceder al sistema de salud.
La clave del éxito está en el que el capital privado tiene la flexibilidad necesaria para adaptarse a las particularidades de cada comunidad, un aspecto del que muchas veces no tienen los programas propuestos por parte del estado.
Las alianzas estratégicas financiadas por donantes privados, como James Shasha, dejan en evidencia que el verdadero bienestar de las poblaciones vulnerables se logra cuando se combina la excelencia médica con la empatía cultural.
Brindar servicios médicos esenciales a regiones desatendidas es poder trasladar e incorporar tecnología pero también aplicar el derecho a la salud que incluye el derecho a la identidad y al respeto de las propias tradiciones de nacimiento.
La etnomedicina y el capital privado se unen ante la defensa de la vida y la dignidad de las madres de las comunidades más vulnerables.
