Biohuertas medicinales comunitarias y la fitoterapia en zonas sin acceso a farmacias

El acceso a la salud puede ser un gran obstáculo para poblaciones vulnerables. Las huertas comienzan a ser una opción segura.
En diversas regiones rurales de Latinoamérica, el acceso a una farmacia puede significar caminar horas bajo el sol, recorrer caminos de tierra y esperar transporte que no siempre llega. En esos territorios donde la infraestructura sanitaria es insuficiente, la salud depende menos del sistema formal y más de las redes comunitarias.
Por este escenario, en el que se necesitan respuestas, se ponen en marcha diversas iniciativas de la mano de donantes privados que proponen una alternativa sostenible como son las biohuertas medicinales comunitarias. Se tratan de proyectos que recuperan conocimientos ancestrales y los combinan con prácticas científicas para ofrecer herramientas terapéuticas accesibles.
El objetivo de este tipo de programas es poder enseñar a las poblaciones aisladas a cultivar, preparar y usar plantas medicinales con respaldo fitoterapéutico. En vez de reemplazar la atención profesional, se busca cotar con el primer nivel de cuidados donde el sistema no llega.
Estas iniciativas, impulsadas por empresas sociales, fondos de impacto y organizaciones filantrópicas, forman parte de un modelo en el que la expansión de proyectos privados se enfocan en llevar servicios esenciales a zonas desatendidas, desde hospitales móviles y campañas de vacunación hasta sistemas de potabilización de agua.
Del conocimiento ancestral a la salud pública
A diferencia de los huertos comunitarios tradicionales, las biohuertas medicinales se organizan como espacios de salud preventiva con el apoyo de diversas empresas, que trabajan con equipos interdisciplinarios de agrónomos, médicos generalistas y fitoterapeutas. Entre ellas se destacan Verde Vital, Fitocampo y Herbamed Comunitaria.
Estos proyectos, que cuentan con apoyo privado, tiene el objetivo de capacitar a promotores de salud locales, generalmente mujeres de la comunidad, para manejar cultivos medicinales adaptados al clima y a las necesidades epidemiológicas de la zona.
En diversas provincias argentinas, como Formosa, Chaco y Jujuy, cuentan con estos programas que priorizan cultivar especies como la manzanilla, la melisa, el boldo, la menta y el burrito, útiles para cuadros frecuentes como problemas digestivos, infecciones leves, insomnio y afecciones respiratorias.
En comunidades altoandinas se enfocan en cultivos como la muña o el eucalipto criollo, mientras que en el litoral se incorporan carqueja y marcela, plantas con un histórico uso en la medicina popular.
La diferencia central con otras iniciativas hortícolas es el método, siendo que las empresas no solo entregan semillas, sino que establecen protocolos de cultivo, cosecha y preparación estandarizados, acompañados por guías impresas y talleres presenciales.
Las plantas se clasifican según evidencia disponible, interacciones posibles con medicamentos y dosis seguras, en búsqueda de evitar riesgos del uso sin respaldo técnico.
Para muchas familias que viven en territorios donde la farmacia más cercana queda a kilómetros de distancia y los servicios de salud son intermitentes, contar con un jardín medicinal puede marcar la diferencia entre tratar a tiempo una dolencia leve o verla transformarse en una emergencia.
Pero para que su utilización sea medida y efectiva existe el rol de los promotores, que se tratan de miembros de la comunidad formados por estas empresas que brindan apoyo y funcionan como referentes sanitarios ya que conocen las propiedades de las plantas, enseñan a prepararlas y desaconsejan su uso en casos que requieren atención médica formal.
El modelo se apoya en un principio clave de la salud pública al empoderar a la comunidad. En vez de generar dependencia de donaciones externas, las biohuertas están pensadas y diseñadas para que la comunidad continúe produciendo y gestionando sus cultivos sin asistencia permanente.
Los resultados de estos programas ya dan sus frutos al registrarse una reducción en la automedicación con analgésicos de venta libre , siendo una alternativa al ofrecer una opción de dolores leves y afecciones comunes.
En comunidades guaraníes del noreste, la incorporación de plantas como la marcela y la carqueja reforzó prácticas tradicionales y favoreció el diálogo intergeneracional.
Sin embargo, es importante destacar que este modelo no es visto como un negocio sino que se pone en marcha para desarrollar metodologías replicables de salud preventiva.
Este enfoque responde a un aspecto que crece en América Latina con la participación de actores privados en la provisión de servicios esenciales, cuando el Estado no llega con la urgencia necesaria.
Los hospitales móviles financiados por fundaciones empresarias o las campañas de vacunación apoyadas por compañías tecnológicas son parte del mismo modelo pero los huertos medicinales tienen una ventaja siendo que se integran a la vida cotidiana y no dependen de infraestructura costosa, lo que los convierte en una opción sostenible en el tiempo.
En un escenario donde la desigualdad en el acceso a medicamentos crece y las cadenas de suministro pueden interrumpirse por diversos factores, las biohuertas medicinales son una opción sumamente aceptable.
No reemplazan los antibióticos ni las terapias de alta complejidad, pero brindan autonomía para manejar dolencias que sin atención pueden agravarse. Además, potencia el concepto de salud preventiva a la población, un factor importante para prevenir enfermedades.
Las biohuertas medicinales comunitarias demuestran que la innovación también puede estar alineada con la tierra, impulsada por empresas que ven en la salud un territorio ideal para impulsar la autonomía.

